La verdad sobre el café que tomamos los colombianos

El mejor café colombiano se exporta. Lo que queda se llama, en boca de los propios productores, "la pasilla". Por qué pasa, y qué cambia cuando compras directo en la finca.
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Colombia produce uno de los mejores cafés del mundo. Y a los colombianos nos toca, con frecuencia, el que sobra.

No es una opinión nuestra. Es la palabra que usan los propios productores cuando hablan sin cámara: pasilla. El grano defectuoso, el que no pasó el corte de exportación. Uno de ellos lo dijo más crudo todavía en un artículo que publicamos hace años: «la mayoría del café que se toma en Colombia es la basura de todo el proceso».

Duele leerlo. Duele más entender por qué pasa.

La lógica es simple y por eso es difícil de romper

El café bueno se paga en dólares y afuera. El caficultor vende su cosecha, esa cosecha se va, y el mercado interno se surte de lo que quedó. Nadie diseñó esto para hacer daño: es lo que ocurre cuando un producto vale más lejos de donde nace.

El resultado es raro y triste: un país entero que crece rodeado de cafetales y crece tomando café malo. Y peor: caficultores que nunca han probado su propio café bien tostado.

Lo que intentamos hacer nosotros

No exportamos. Y no es por falta de ganas ni de compradores: es a propósito.

Nuestra apuesta es que el café bueno se quede aquí y que quien lo tome sepa de quién es. Sin intermediarios: el viajero le compra directamente al productor, en la finca, mirándolo a la cara. Carlos Arturo, por ejemplo, vende su propio café en la plaza de Pijao — lo cultivó, lo tostó, lo empacó él. Cuando alguien le compra una bolsa, no hay nadie en el medio.

Eso no arregla el modelo del país. Pero cambia, taza por taza, quién se queda con el valor.

Por qué importa que lo pruebes allá y no acá

Un café tiene el sabor de la tierra donde creció, y ese sabor se termina de decidir en el tostado — que es donde casi todo el café colombiano barato se arruina.

Cuando lo tomas en la finca, recién tostado, junto al que lo sembró, pasan dos cosas. La primera es obvia: sabe distinto. La segunda tarda más y es la que importa: entiendes que el café no es una bebida, es una cadena de gente. Y una taza de café no vuelve a ser lo mismo cuando has visto qué hay al otro lado de esa cadena.

Cafeteros somos todos

Esa frase la escribimos hace años y sigue siendo el resumen. No hace falta tener finca para que el café colombiano sea asunto tuyo. Basta con preguntar de dónde viene el que te estás tomando.

Si la respuesta es «de Colombia», no te dijeron nada.

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