Las personas detrás de tu taza

El tour no es transporte, almuerzo y guía. Es Doña Ligia curando con plantas, Don Leo y su café de familia en Villa Gloria, Doña Orfilia en La Floresta, Pablito y su Willys —y por qué Experiencia Cafetera empezó en una agenda, en 2013. Las personas reales detrás de tu taza.
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Cuando alguien nos pregunta qué incluye el tour, respondemos con una lista: transporte, almuerzo, guía, degustación. Es una respuesta honesta y es una respuesta pobre.

Lo que incluye el tour es esta gente. Y para entender por qué, hay que empezar por el principio.

No empezó en una finca

Experiencia Cafetera no empezó en el campo. Empezó en una agenda, en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, en 2013. Juan David —bogotano, lejos de casa— escribió ahí la primera idea: volver a Colombia y aprender el café desde la raíz, de la semilla a la taza, lejos de los estantes de supermercado que ofrecen lo peor de nuestro propio producto.

La idea se volvió operación en Buenavista, y de ahí se fue extendiendo por el Eje Cafetero. Pero el propósito nunca cambió, y conviene decirlo con las palabras de entonces: trabajar con quienes trabajan la tierra, ayudarles a darle valor agregado a lo que producen, y conectar al que cultiva el café con el que se lo toma. Entre esos dos hay demasiada gente cobrando peaje. Todo lo que hacemos es acortar esa distancia.

Por eso decimos que, para nosotros, el café es una excusa para conversar. Lo demás —el Jeep, el almuerzo, la degustación— es logística. Esto es la gente.

Doña Ligia — El Patio

A Doña Ligia la conocimos como la conoce todo Pijao: curando. Lleva décadas aliviando a la gente del pueblo con lo que sabe de las plantas. «Siempre curé con amor», dice. «Mucha gente, hace 20, 25, 30 años, se aliviaron gracias a los saberes que uno tenía.»

Ella cuenta así el día que se cruzaron los caminos: «Conocí a Juan David un día cualquiera en el parque, cuando trajo unos turistas. Yo estaba pasando por una situación difícil, llena de angustias, y sentí que mi Diosito me lo puso en el camino. Le hablé, le conté lo que sabía sobre plantas, y él me escuchó con atención.» Desde entonces El Patio —su vivero de plantas medicinales— es donde arrancan nuestras operaciones. Para ella no es un lugar físico: es «un rincón de sanación para el alma».

Camina contigo entre las matas y te va diciendo para qué sirve cada una. No es una charla preparada: es lo que sabe, y lo dice mejor que nadie: «Las ‘malezas’ son buenezas. Si aprendemos a aprovecharlas, nos dan beneficios.» Hay una historia que le gusta contar, y que dice todo: un día, en el parque, un niño le gritó: «¡Doña Ligia! A mi hermanita se le quitó el pólipo con el agüita que usted me enseñó.» «Eso», dice ella, «no tiene precio.»

Cuando le preguntas por qué hace lo que hace, responde con una frase que se podría poner a la entrada del pueblo: «Sembrar no es solo poner una semilla en la tierra. Es poner una esperanza en el futuro.»

Don Leo — Finca Villa Gloria

Don Leo cultiva su café, lo procesa, lo empaca y lo vende él mismo, con su propia marca. Eso, dicho así, suena a emprendimiento. En su caso es algo más terco: es una familia entera sostenida por un grano.

En Villa Gloria trabajan él y los suyos. Su hija Betty camina hora y media, dos veces por semana, para llegar a su clase sobre procesos del café; sus manos sostienen a toda una familia y a varios trabajadores. Entre guamos, plátanos y frutales se cosecha el café que Don Leo convierte en honey, en natural, en algo suyo.

Cuando te sientas a su mesa y te sirve, no estás probando un producto. Un huésped que estuvo con él lo dejó escrito mejor de lo que podríamos nosotros: tomar el café de Don Leo, dijo, lo devolvía a lo que importa — «pasión, autenticidad, compromiso y amor».

Doña Orfilia — Café La Floresta

Doña Orfilia fundó Café La Floresta y lleva unos quince años haciendo algo que en el campo colombiano es difícil y poco común: no vender el grano y ya, sino quedarse con la parte de la cadena donde está el valor —del árbol a su propia taza—.

En su finca te sientas a un puesto que es solo tuyo y pruebas, una tras otra, las variedades que ella misma sembró y procesó. No es una degustación de catálogo: es el café de una mujer que decidió llegar hasta el final de su propio trabajo, servido por sus manos. Es, en pequeño, exactamente lo que vinimos a hacer.

El puesto en la plaza

En la plaza de Pijao hay un puesto donde le compras la bolsa de café directamente a quien lo sembró. No hay acopiador, ni intermediario, ni góndola de supermercado. Un gesto de dos segundos que lo dice todo.

Pablito y el Willys

El Jeep Willys que sube a las fincas no es una atracción para la foto. En Pijao el Willys todavía trabaja.

Quien mejor encarna esa tradición es Pablo Teleche, «Pablito». Viene de una estirpe de arrieros —su abuelo arreaba bueyes, su padre le pasó la sabiduría del camino—. Hace unos doce años, con cuatro millones de pesos y sin saber manejar, compró su primer Willys y se echó a la trocha de los Juanes de Buenavista a aprender su oficio: willysero.

Todavía hoy lo verás subir a las fincas con el motor a todo lo que da y el polvo levantándose atrás, cargado de gente, de bultos y de mercado —como su padre, como su abuelo antes que él—. En Pijao el Willys no es adorno: es trabajo.

Por qué te contamos esto antes de que vengas

Porque queremos que sepas a qué vienes.

No vienes a ver un proceso productivo. Vienes a sentarte en la misma mesa que la gente que vive de esto: la que cura con plantas, la que camina hora y media para aprender de su propio café, la que maneja el Willys por la trocha. Ese es el tour entero, y lo demás es logística.

Y por eso decimos que una taza de café no vuelve a ser lo mismo. No es una frase de folleto: es lo que pasa cuando el café deja de ser una bebida y se convierte en el nombre de alguien.

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