Pijao: las mismas palmas de cera de Cocora, a hora y media de Salento

Vas a ir a Salento y a Cocora, y está bien. A hora y media hay otro pueblo —Pijao— con las mismas palmas de cera, sin la fila: así se viven las palmas y el café donde el turismo aún no es masivo.
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Vas a ir a Salento. Está bien. Nosotros también te llevamos.

Salento es hermoso y su fama es merecida: la Calle Real, las palmas de cera del Valle de Cocora —el árbol nacional, el más alto del mundo—, los colores por todas partes. No te vamos a decir que no vayas ni a pretender que descubrimos algo que ya conocen todos. Lo que sí podemos decirte es que Cocora, a media mañana, tiene fila: buses, gente esperando el turno para la foto, senderos donde nunca estás solo. La palma es imponente; el silencio, escaso.

Y que a hora y media larga de allí —cruzando Armenia hacia el sur del Quindío— hay otro pueblo. Y otro bosque de esas mismas palmas donde, casi cualquier día, puedes ser el único que las mira.

Las mismas palmas, sin la multitud

La palma de cera —Ceroxylon quindiuense, el árbol nacional de Colombia— no crece solo en Cocora. Sobre las montañas de Pijao, a 2.400 metros, hay un santuario de palmas centenarias en un bosque altoandino poco transitado, refugio del loro orejiamarillo, una especie amenazada.

Hasta allí sube nuestra Expedición Palma de Cera, el tour estrella de Experiencia Cafetera. Y la diferencia con Cocora no es el árbol —es el mismo—, sino la compañía: aquí, un día cualquiera, los visitantes suelen ser los únicos «turistas» del lugar. Palmas que se pierden hacia arriba, la misma sensación de estar debajo de algo antiguo y enorme, pero sin buses, sin fila, sin apuro. Es, literalmente, un lugar menos turístico.

Cómo se vive una expedición a las palmas en Pijao

El día empieza en un Jeep Willys, el ícono cafetero, que sube por una carretera rural entre fincas de café y quebradas cristalinas. La caminata arranca saludando a los niños de la Escuela La Palmera, en la montaña: el turismo que hacemos ayuda a sostener esa comunidad, y no lo escondemos en la letra pequeña. Luego son cuatro kilómetros y medio en ascenso por bosque de niebla lleno de helechos, musgos, orquídeas diminutas y aves que se oyen antes de verse.

Arriba, el santuario. Binoculares para las aves, tiempo para las fotos, un descanso con snack campesino. En el regreso, una finca aliada abre sus puertas con un almuerzo típico hecho con cariño, y antes de retomar el Jeep, la despedida es con una taza de café recién preparado. Es una expedición de día completo, de exigencia media, hasta los 2.400 metros —con caminata y almuerzo en finca—, y por eso se siente distinta a un paseo de una mañana.

Pijao

Y luego está el pueblo. Está acurrucado en la montaña, al sur del Quindío. La torre del campanario es naranja y se levanta sobre las casas como un tulipán. Detrás de las puertas de colores hay jardines —jardines de verdad, de gente que los cuida porque le gusta, no porque pasen turistas—. A un par de cuadras de la plaza, las garzas llegan a anidar. Y por el pueblo baja un río puro y frío, directo desde los manantiales de la montaña.

Pijao se mueve a otro ritmo: sin prisa, con tiempo para el tinto que un desconocido te ofrece en la calle y para la conversación de los viejos en la cantina. Ese ritmo ayuda a entender el lugar, pero no es lo que hace a Pijao lo que es.

Lo que lo hace es que está vivo. No es un museo del café: es un pueblo donde la gente cocina, conversa y cultiva un martes cualquiera. Pijao es tan colorido como la gente que lo habita.

La diferencia que no se ve en las fotos

En Salento, el café llena las vitrinas de la Calle Real. En Pijao, es el oficio de todos los días.

Aquí los caficultores están sacando sus propias marcas. Doña Orfilia lleva unos quince años dándole valor agregado a su café en La Floresta. Carlos Arturo vende el suyo en la plaza. Doña Ligia mantiene un vivero de plantas medicinales en El Patio y te va a contar para qué sirve cada mata mientras caminan.

Ninguno de ellos está actuando. Están trabajando, y te dejan mirar.

Cómo hacer los dos

No hay que escoger entre Salento y Pijao. Un día en Salento y Cocora para ver lo que hay que ver, con guía que te explique lo que estás mirando. Y un día en Pijao —el pueblo y su Expedición Palma de Cera— para entender de qué se trata todo esto.

Si solo tienes un día, es tu decisión. Pero pregúntate qué quieres traerte de vuelta: la foto de las palmas entre la gente y las filas, o la mañana en que estuviste casi solo bajo ellas y supiste el nombre del señor que hizo tu café.

Las dos son respuestas válidas. Solo que son viajes distintos.


La Expedición Palma de Cera sale con grupos pequeños casi cualquier día. Si quieres esa mañana bajo las palmas, escríbenos por WhatsApp y la armamos contigo.

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